Entrevista con Artemio Méndez Montejo


17/03/2017


Por Carlos Romo

 

Existe la creencia en algunas comunidades de Chiapas  de que una persona debe tener un buen nombre debido a que este le dará protección en la vida. Artemio  es sinónimo de grandeza, a la memoria me viene la figura del general al servicio del imperio romano: Artemio de Antioquía que fue sacrificado y con el tiempo santificado.

Artemio León Montejo es originario de Paso Hondo, municipio de Frontera Comalapa, en la región fronteriza de Chiapas con Guatemala. Esta parte baja, calurosa, debe su verdor y fertilidad a las descargas de los ríos que nacen en las montañas para formar las vegas donde se recogen más de dos cosechas al año. En contraste, las laderas que rodean a los pueblos  que se ubican en ese cañón muestran desde el camino los matorrales de copal cenizo.

Es en estas montañas, donde comienza la Sierra Madre de Chiapas, macizo montañoso que separa a Artemio de su infancia y juventud.

-Tengo 70 años. No tuve madre. Recién nacido fui entregado a mi abuelo y a mi abuela que son mis padres. Mi madre nunca me quiso, me dice Artemio con dureza, casi quejándose. 

Platico con él en la acera del  taller mecánico “El impacto”  especializado en  mantenimiento de muelles y suspensiones de camiones de carga que se ubica en la calle segunda sur de la ciudad de Tapachula. Ahí trabaja desde hace diecisiete  años cuando fue acogido  por la señora María del Rosario Mendoza García un día que se quedó dormido en la banqueta después de su última borrachera. 

Artemio dice que “la vergüenza de verse tendido en la calle hizo que dejara de beber” o quizá fue la pena que pasó, cuando los  niños lo nalguearon bajo el árbol de mango para despertarlo, que lo llevó tomar tan acertada decisión.

-Comencé a beber a los siete años de edad. Me gustó el sabor del alcohol que mis tíos dejaban en botellitas detrás de las puertas. Mi abuelo los reprendía de que lo dejaran a la mano, pero nunca hicieron caso.

Le pregunto extrañado a Artemio  ¿Sí te gustaba el alcohol? ¿No te sabía feo?

-Sí me gustó. Si lo tomaban mis tíos.

-A la edad de 12 años yo ya era un alcohólico.

Artemio es un señor fornido de bajas estatura de piel cobriza, casi roja que contrasta con su cabello canoso. No me mira al platicar, su voz es grave pero quedita. Su mirada se dirige a lo que podría ser el horizonte que se detiene en la larga barda blanca del depósito de PEMEX que todavía permanece en la ciudad.

Es temprano. Dos palomas descienden de la cornisa del departamento que alquilo desde hace seis meses y que me despiertan cada mañana con su revoloteo y sombras proyectadas en la ventana del segundo piso.

¿Las palomas anunciarán algo? o simplemente ya tuvieron suficiente tiempo para asolearse. El sol empieza a quemar. Lo siento en mi espalda del lado de mi hombro izquierdo. No quiero suspender la plática. Artemio suda, huele a sudor. No tiene caso bañarse tan temprano, hay que trabajar todo el día y toda la noche: es el velador del taller, el mandadero, el vigilante de la calle.

Tapachula es una ciudad con una dinámica comercial diferente a la del resto del estado. Considero que por sí sola ha salido adelante. El tren fue su conexión desde comienzos del siglo pasado con el centro del país: en la Revolución Mexicana fue el refugio de  gente que huía de la “bola”, de los migrantes de origen chino, japonés…

Ahora, es una ruta que los centroamericanos siguen en su camino al norte, aunque el tren ya no funciona desde el 2005 cuando el Huracán Stan causó destrozos a las  vías y los durmientes que ahora las autoridades desentierran  de la antigua estación ubicada a  dos cuadras de donde sostenemos esta plática.

 

Tapachula también se encuentra comunicada por el mar a través del Océano Pacífico. Ahí se encuentra “Puerto Chiapas “, antes “Puerto Madero” donde arriban cruceros internacionales; y el Aeropuerto Internacional. Sin embargo, el macizo montañoso de la Sierra Madre de Chiapas es el que separa a la “Perla del Soconusco” con el resto del estado. Y a Artemio con su vida.

Artemio se detiene durante la plática cuando le realizo la siguiente pregunta que me permite precisar  la información que me interesa conocer para sacarlo de la letanía de sentimientos que le salen de su corazón.

-Mi madre no me quería. ¡Le valí madres!, señala.

¿Y por qué crees que lo hizo?, le pregunto.

-Yo creo que no podía tenerme con ella. Por ello me dejó con mis abuelos.

¿Tu madre vive?

-Sí, responde. En la ciudad de México. 

¿Te gustaría verla?

-Sí, para darle a conocer  a  mi madre que ya no tomo. Tengo varios años en Alcohólicos Anónimos oyendo que cosa es un alcohólico. El veinticinco de enero  cumplo 16 años sin tomar. 

Y ¿Cómo buscarías a tu mamá?, le pregunto:

-Pues…

 Artemio hace un silencio para buscar una respuesta a esta pregunta impronta ¿inoportuna?:

- Ahora no sabría… buscaría…ah… pues no sé cómo le haré para buscar a mi mamá porque solo a ella tengo ya.

Artemio tiene buena memoria. Se acuerda de los nombres y fechas significativas de su vida y las responde sin titubeo alguno, como cuando fue detenido por unos judiciales de Tapachula acusado por el delito de robo y asesinato de los jóvenes Israel Pérez y Olinto Samayoa.  

Extrañado le pregunto ¿Cómo es que te cuerdas de los nombres y apellidos de las personas que buscaba la policía?

-Andaba yo con ellos. Sé que eran mala compañía, por eso me alejé. Se dedicaban a asaltar el transporte por esos fueron detenidos por el Batallón de Comitán y luego fueron desaparecidos. Eso sucedió.

En este momento de la plática con Artemio no existe remordimiento de lo sucedido a sus antiguos compañeros, pero sí se nota la dureza de su relato al haber sido detenido injustamente y “botado”  por el rumbo de Puerto Madero. Era el segundo encuentro con la Ley.

La primera ocasión fue en su adolescencia en su natal Paso Hondo cuando defendió a sus amigos del ataque de unos militares quienes le dispararon de  balazos pero ninguno llegó a impactarle. Al ser detenido fue golpeado hasta dejarlo inconsciente. Las mujeres de sus amigos le llevaron de comer pero no pudo probar alimento por el grado de inflamación de su cara.

El Capitán del Batallón lo visitó para decirle que se declarara culpable: 

-Yo no hice nada, respondió Aurelio. 

-Yo sólo defendí a mis amigos. No me creía el Capitán. Quería que me echara la culpa, de lo contrario me llevarían a la cárcel de Comitán. Al final me soltaron.

- El militar me regaló una camisa verde y al salir de la Comandancia me dijo que agachara la cabeza para que la gente no me viera.

Artemio respondió:

-Yo no hice nada y no tengo miedo que me vea la gente que me conoce. Así salí.

La altura de la banqueta donde nos encontramos sentados es pequeña, incómoda. Pero parece no importarle a Artemio. Su trabajo es vigilar frente a la acera del taller para que los “malandrines” no anden merodeando en busca de qué robarse. Su presencia los ahuyenta. Saben que alguien vigila. Los vecinos nos sentimos protegidos.

A veces saca su silla mecedora hecha de varilla tejida con hilos de plástico color blanco. Se balancea bajo la sombra de un árbol de almendro con las manos hacia atrás. Siempre descalzo. Así lo conocí cuando llegué de la Ciudad de México. Una noche coincidimos en un puesto de hot dog, a dos cuadras de su trabajo. Lo invité a sentarse. Aceptó y ahí empecé a conocer su vida:

-Salí de Tuxtla Gutiérrez. Vivía en El Mirador.

Dicha colonia es uno de los asentamientos marginales que se ubican a la orilla del   “Parque nacional Cañón del Sumidero” orgullo del patrimonio natural de Chiapas.    

-Una noche llegué a dormir a mi casa, pero como siempre estaba tomando me acosté,  y sin darme cuenta en el cuarto de mi hermana a la que empecé a manosear. Por tal razón salí huyendo y vine a parar a Tapachula. 

Esta es la primera parte de la historia de la vida de Artemio que me platicó aquella noche  a su salida de la sesión de Alcohólicos Anónimos. Su historia me impactó. Un niño alcohólico que salió como entró a la escuela “Sin saber nada” porque la maestra María Luisa de Comitán  lo corrió por molestar a sus compañeritos.

-Me arrepiento de no haber aprendido a leer y escribir, señala Artemio.

Sin embargo, siempre has trabajado Artemio, le  respondo.

-Sí, pero siempre me gasté el dinero en trago. En Tuxtla trabajé en la construcción de ayudante de albañil. Aquí en Tapachula trabajé de paquetero en DICONSA (Distribuidora del Consejo Nacional de Abasto).

¿Qué hace un paquetero?, indago.

-Son las personas que preparan los pedidos de las mercancías y se amontonan en paquetes para que sean cargados a los camiones para su distribución.  Ahí trabajé un buen tiempo, me daban mi despensa. Hasta que me corrieron por echar trago.

-De ahí fue que llegué a donde vivo ahora con Doña María del Rosario Mendoza García, mi patrona. Ella me da de comer. No puedo comer de todo porque mi hígado está dañado. Esta casa es mi familia. 

Al fondo del taller  el esposo de la señora María del Rosario impacta su mazo  sobre unos muelles que se niegan a ser enderezados.

¿Dónde duermes?

-En un cuartito, responde. Ese que está allá.

¿Cuánto te pagan por tu servicio de vigilante?

-Tres cientos pesos a la semana. Tengo mi Seguro Popular pero no me funciona.

 -Los gastos médicos los pago yo.

¿Siempre has andado descalzo?, le pregunto al buen Artemio y miro sus pies desnudos blancos por la resequedad que le provoca el polvo de la gravilla suelta que cubre el taller mecánico. Sus pies son regordetes como almohadillas que amortiguan su caminar. 

-Siempre he andado descalzo, sí. Así puedo correr donde quiera, en el cerro…

-Pero si pongo zapatos me estorba. Para qué voy andar gastando en zapatos. No me van a durar mucho tiempo. 

Artemio respira con profundidad  y con ello hace una pausa, como recapitulando:

-Así es gran amigo. Mi vida fue así, desgraciadamente me arrastré en las calles  de acá. En donde quiera estaba yo tirado de borracho.

Y ¿Cómo vez la vida actual Artemio?

-Muy estricto por lo que vivimos el 2017. Se va a poner más cabrón, más duro, porque me dijo mi abuelo: voy a morir pero de aquí pa’l real vas a mirar muchas cosas que nunca has visto.

Artemio hace referencia a los hechos que conmocionaron  a las ciudades fronterizas  de Tapachula, Huixtla y Reforma los días 5 y 6 de enero. Decenas de hombres y mujeres incitaron a la población  a saquear  el comercio local. El daño fue dirigido a ocho tiendas de conveniencia de la cadena Modelo Plus,  200 de comercio diverso (la mayoría de la las franquicias de Oxxo) y a las tiendas Bodega Aurrerá, Salinas y Rocha, Coppel y Chedrahui.

Los hechos ocurridos desviaron la atención de las protestas de los transportistas ante la subida abrupta del precio de la gasolina (hasta de un 20 %)  iniciada el uno de enero con motivo del nuevo esquema de venta de gasolinas producto de la reforma energética del país.

Pas pas pas los marros y los martillos se impactan sobre los muelles. Prosigue Aurelio su relato con las palabras dichas por su abuelo:

-El ganado ahora vale 400 pesos, después va a valer más. Los toretes valen ahora 700 (pesos) después van a valer más arriba porque el dinero no va a valer.

-Toda la gente que va ir naciendo ya no van a servir porque no se van a dejar mandar. Y así veo que muchos hijos no obedecen a sus padres. Todo está saliendo como me lo dijo mi abuelo.

Bueno Artemio, le digo, “vamos a continuar la plática otro día”. El sol ya quema y mi camisa se encuentra húmeda por el sudor que empieza a pegarse en las axilas. Es el mes de enero y el invierno no existe en estas tierras del Soconusco.

Dejo a Artemio y me llevo ahora otra parte de su vida que no me deja tranquilo. 

Un día después

Me asomo desde la ventana del segundo piso del departamento. Ahí se encuentra Artemio recargado en la camioneta blanca doble cabina modelo Dakota marca Dodge estacionada bajo el árbol de almendro.

Bajo las escaleras, abro la puerta de metal y al cerrarla veo de reojo que Artemio se mueve del otro lado de la acera. Cruzo la calle y lo saludo. Se acerca y me dice con una voz clara: 

-¿Cómo salió?

Entiendo que se refiere a la grabación de la entrevista. Le respondo que bien, que luego se la mostraré.

Me subo a la camioneta y mientras se calienta el motor y arranco… pienso ¿Cómo le voy a mostrar la entrevista sino sabe leer?

Sigo en mis pensamientos cuando me percato que Artemio ha modificado su voz. Dejó de ser quedita como si la hubiera liberado para que los demás la escuchen.


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