Hilando memorias del pasado


04/01/2018


Por Rafael Monjarás

San Cristóbal de las Casas/San Cristóbal Press/a 05 de Diciembre de 2017.

 Es el primer día verdaderamente frío de la estación. El cielo de San Cristóbal amanece blanco y a vuelo de cabeza. La luz del día genera un efecto de alto contraste con la galera negra, dónde retozan telares viejos entre telarañas y el exilio de la modernidad, ya casi sin función, más como una reliquia de una postal antigua del barrio de Mexicanos. 

Una imagen de décadas cuando la profesión estaba en auge y había un taller en casi cada esquina, los tiempos cuando Francisco Álvarez regresaba a casa con las manos azules y los músculos rendidos... pero de todo eso, sólo queda esto, la última morada, el último hombre, madrugado para que el día nublado le permita secar los hilos teñidos la tarde anterior. 

El agua juega con nosotros, de repente nos deja curiosear las yerbas del jardín y luego nos obliga a refugiarnos bajo techo. Francisco toma una silla pequeña y la coloca junto a la rueca, gira el aza para enrollar los carretes de hilo negro azulado, a un costado está una canasta de mimbre dónde deposita los carretes listos. La rueda de madera produce un sonido eólico que se junta con la voz arbórea del artesano, generan un efecto relajante y lleno de vivacidad. Aunque esté de espaldas puedo imaginar la sonrisa cálida que siempre te dirige, entre sus nubes de palabras veo a un abuelo, en cada uno de sus consejos soltados al calor del habla se exuda la sabiduría que forjaron las líneas de su rostro.

Platica sobre las constantes visitas que estudiosos de todas partes le han hecho en las últimas décadas de su vida. Se levanta para acomodar nuevos carretes en las aspas metálicas donde el hilo artesanal se va apelmazando, engrosando con el continuo esfuerzo. "El año pasado vinieron unos estudiantes de Monterrey, traían una cámara que grabo todo arriba…estaba bien bonita" expresa una sonrisa infantil mientras da forma con sus manos al aire, haciendo referencia al dron. El teñido y tejido del hilo es uno de los oficios tradicionales de la ciudad, en el pasado el barrio de Mexicanos se distinguía por esta práctica con la que muchos habitantes se ganaban el pan. Con los hilos fabricados se elabora el Tsekil (nahua) que utilizan los pueblos originarios de la región de los Altos.

Hablamos del clima, que es un factor muy importante en su trabajo “cuando llueve se pierde el día, tengo que esperar a que salga el sol, para seguir trabajando”. La llovizna no da tregua y nos obliga a seguir bajo las láminas contiguas al patio, a lo lejos dos nietos pequeños juegan en otra casita al fondo, cerca de ellos está el caldero cubierto dónde algunas hierbas como la “sacatinta” se mezclan para matizar los hilos. Tal vez el hombre nota que observo el paisaje, porque de pronto me cuenta que la casa del fondo y las otras propiedades atrás eran uno de los talleres, que ocupaban grandes espacios porque era mucha la gente que trabajaba allí. Trato de imaginar la ubicación original de los edificios, el movimiento de las personas, las órdenes y los regaños, las brujas y brujos que teñían los hilos, pero el ruido de los juegos infantiles de la primaria Mariano N. Ruiz me regresan al presente. 

Les decían los brujos porque siempre andaban con las manos azules, como pequeños duendes que salían sólo después del ocaso, porque el oficio era muy duro, las jornadas de trabajo eran largas y los patrones eran exigentes y estrictos, las personas trabajan allí por necesidad y poco a poco las cosas fueron cambiando, llegó la ropa moderna que era más barata, la indumentaria tradicional de los pueblos originarios comenzó a olvidarse, la demanda cayó y los talleres fueron desapareciendo, haciéndose más pequeños hasta que la industria casi terminó. Los edificios cambiaron de uso como las personas con sus costumbres. Don Francisco aún recuerda la ubicación de muchos de los talleres, porque fue allí donde pasó su juventud, tejiendo amistades con sus colegas, habitantes del barrio, él asegura que muchos de los talleres que se encontraban cerca del mercado se convirtieron en cantinas que hoy invaden al barrio. 

De pronto se levanta para recoger su canasta de carretes listos, y ante la leve aparición del sol, se apresura a tender unos cuantos hilos que no han terminado de secarse. Junto a los tendederos sigue con su historia. Se fueron quedando ellos, los trabajadores, con el conocimiento y la técnica, quedaron unos cuantos que siguieron con el oficio entre el olvido de la sociedad, la irrelevancia que de pronto tenían frente a la influencia externa, los telares se fueron arrumbando en las esquinas, así como el par que guarda en su pequeño taller, porque la fuerza ya no le da para usarlos. Los últimos artesanos aislados fueron desapareciendo, “Apenas el año pasado murió una señora que también teñía en esta calle de Honduras, ahora soy sólo yo”. Sus hijos son profesionistas, él les enseñó el oficio, pero también decidió dejarlos libres, tal vez porque pensó en su pasado, ya que dedicarse a teñir no era lo que quería. Aun así  con el tiempo desarrolló un afecto por su oficio “todo trabajo hay que hacerlo con gusto, para que rinda”.

La llovizna vuelve y entendemos que el día estará así, son casi las 10 de la mañana y esta vez no veré el proceso completo, pero estar con este artesano mientras da el último toque a sus productos, enfrentándose al ocaso de este oficio, como la lluvia que no permite nada, que lo deja sin quehacer, me hace pensar que este empleo parece ser más una imagen del pasado. Pero entre el agua constante sale el sol, calentando las fibras expuestas a él, dando la posibilidad de continuar, de seguir trabajando en actividades que en el pasado marcaban el estilo de vida de toda una comunidad. La revalorización de estos conocimientos por la academia, la ciudad y por las personas en general abren la posibilidad de que la historia continúe, que el trabajo manual de muchos hombres y mujeres del pasado convertido en su sustento económico y su acción en el mundo, no sólo quede como un recuerdo, sino cobre sentido en la búsqueda de nuestra identidad, en el reencuentro que hacemos con sujetos del pasado que siguen aquí para darnos consejos mientras hilan los recuerdos de su vida. 

Fotografía:Rafael Monjarás

 


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