Siempre puede ser peor


2017-08-09 08:38:40


Hace unas semanas, veía un show de stand up de una chica mexicana, en realidad el stand up no llama mucho mi atención pero esa ocasión sí.



Isabel Araujo/Intención

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Siempre puede ser peor

Hace unas semanas, veía un show de stand up de una chica mexicana, en realidad el stand up no llama mucho mi atención pero esa ocasión sí. En una parte ella decía que toda aquella desgracia o un mal momento en su vida lo añadía a su show. Claro, qué mexicano no se ríe de la desgracia ajena. Entonces pensé que podía hacer lo mismo, por supuesto no soy comediante, bueno a veces, pero sé que de cada experiencia queda una lección, por muy graciosa, dolorosa, vergonzosa o casual que ésta sea.

Como he compartido en mis redes sociales, hace unos días tuve un pequeño accidente; (sí, voy a hablar de cómo me abrí la cabeza, carecía de temas para escribir, pero será bueno lo prometo) cotidianamente soy bastante torpe, lo admito, y siempre me la paso golpeando con objetos, tropezándome, descubro moretones en el cuerpo cada par de días. Aquel pequeño accidente fue ocasionado por la necedad de unas chicas que se encontraban muy eufóricas, no las culpo en realidad, a eso se va a un concierto, a pasarla bien y desgarrarse la garganta. Reflexioné mucho sobre mi comportamiento, no es que me haya portado mal, sino que me sorprendió el cambio, conversaba con una amiga y decíamos: “Nosotras hacíamos eso, éramos como ellas, ahora no, ni siquiera nos emocionamos”. Claro que esta frase es resumida, en realidad decíamos lo mismo pero con palabrotas, riendo y un poco afligidas porque al parecer… estamos madurando. Me cuestiono mucho si cosas como éstas son inicio de la madurez o incluso si a eso se le puede llamar madurez. ¿Por qué ya no nos emocionamos como esas chicas? ¿Por qué no sólo nos dejamos llevar? Influyen un par cosas, como el haber visto a algunas bandas ya tiempo atrás o porque nos preocupa ser los únicos “locos” disfrutando de la música.

En fin…

Ocurrió dicho accidente, mucha sangre, próximo desmayo, gente asustada, ambulancia, dolor, mamá fuera del hospital y acto seguido, estoy en un pasillo del hospital esperando a que me cierren la cabeza. A mi lado derecho, un chico de aproximadamente veinticinco años, con suero y sangre en el pantalón. Tengo que ser sincera, jamás había entrado a un hospital, de remedios caseros y el simi no pasaba; al poder observar muchas cosas en ese momento pienso ahora que de allí puede obtenerse demasiado material para escribir columnas y tocar corazones de los pocos que me leen.

El chico muy tranquilo, preguntó qué me había ocurrido, lo vi y le respondí: “estaba muy bueno el concierto”. Él río y luego me contó qué le había ocurrido, su camioneta se volcó, cayó en un barranco, se arrastró seis metros hacia arriba para pedir ayuda con su primo que se encontraba inconsciente. Bajaba la mirada y a partir de ahí cada frase la terminaba diciendo que su camioneta quedó un asco, que invirtió mucho dinero en ella y ahora sólo era polvo, ah y que perdió su celular. Me entraron unas ganas de decirle: “¡NO MAMES! ESTÁS VIVO”

Es impresionante como el ser humano se aferra a las cosas materiales, lo único que pude decirle fue “lo estás contando, estás aquí”, me sonrió. Luego me pasaron a un cuarto en donde iban a suturarme, me acosté y la cabeza se me llenaba de pensamientos existencialistas, muchos por qués, hubieras, analizando lo maravilloso que fue el día y el resto de la semana y me encontraba ahí, acostada a unos instantes de recibir puntos en la herida. Entonces pensé en la historia del chico al cual nunca le pregunté el nombre, lo mío no era nada a comparación y me sentía terrible, me preocupaba una cicatriz, me preocupaba que tengo próxima una presentación, no sólo físicamente me sentía mal, pero también me sentía estúpida por sentirme así, mi mente me decía que hay cosas peores, siempre hay cosas peores que las nuestras.

Otro ejemplo ocurrió dos días después, me invitaron a leer poemas en un evento de ciclismo, demasiado temprano a mi parecer, pero luego pensé “ellos son deportistas, yo no”. Ya en el lugar acordado, no se encontraba nadie, ¿será que es aquí y no en otro lugar? Me dije, pero al poco rato llegó mi jefa y el organizador del evento, se canceló porque uno de los ciclistas falleció, lo arrollaron cuando iba en camino hacía donde estábamos nosotros. Mi jefa se volteó y me dijo: “agradece que estás viva”.

Hoy pienso en la lección que me dejó una pequeña abertura arriba de la ceja, pudo ser peor, pude haber quedado inconsciente o yo qué sé. Pero no, estoy bien y estoy escribiendo, aquellos chavos ya no conducirán la camioneta hecha polvo o la bicicleta arrollada. Está de más decir qué lección nos deja todo esto, lo dejo a su criterio pues para cada uno siempre es diferente, sólo recuerden, que siempre puede ser peor.


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